El día que mataron un Ministro en Segovia

El día que mataron un Ministro en Segovia

Fredy A Mejía

Eran casi las 7 de la noche cuando el ruido de seis disparos acabaron con la tranquilidad de una de las calles más concurridas del municipio, yaciendo en el piso, encima de un gran charco de sangre y rodeado de decenas de curiosos que ya se agolpaban a ver de quien se trataba, podía identificarse la figura del señor ministro de justicia.

El día anterior, en similares circunstancias había sido asesinado el señor cardenal y dos días antes la señora diputada de Antioquia, quien al momento de su deceso, estaba acompañada del rector de la universidad pública más reconocida en la región y quien había acabado de recibir la no muy grata noticia de tener que pasar el resto de su vida en una silla de ruedas, por causa de una bala incrustada en su columna vertebral.

“Increíble que esto siga ocurriendo en Segovia”, decía uno de los curiosos, “menos mal que hoy solo va un muerto”, mencionaba otro mientras uno más le respondía, “apenas van a ser las siete, quién sabe cuántos más caen hoy”.

A los residentes del municipio se les dificulta comprender el porqué de los asesinatos de tan ilustres personajes de la vida pública, aunque, la verdad sea dicha, en algunas ocasiones, los mismos ciudadanos tratan de justificar o, por lo menos entender el actuar de los sicarios, más aún cuando éstos, también se encuentran dentro del selectivo grupo de profesionales, artistas y demás actores de la sociedad colombiana.

Los asesinados, todos ellos grandes personalidades de la vida pública, tenían algo en común, aún no habían sido nombrados en sus cargos oficialmente, no habían entendido aún la seriedad de su labor ni la trascendencia de sus decisiones, no se alcanzaron a imaginar lo corto de sus carreras y, menos aún, estaban enterados de lo que podrían llegar a alcanzar siguiendo lo que muchos pueden llamar, “el camino del bien”.

El señor ministro hubiese alcanzado su mayoría de edad un mes después de su asesinato, el Cardenal contaba con 16 años, uno menos que la Diputada y uno más que el señor Rector, quien ahora, a sus 15, no tiene idea cuantos años le esperan viendo pasar la vida sentado en su silla de ruedas.

Quienes acabaron con la vida de los anteriores, que bien pudieron ser varios o uno solo, tampoco contaban con una edad en la que pudieran sumar experiencias de vida tan relevantes como para visionar su futuro, no llegaron a tener claro su panorama laboral, familiar o social…casi que no tuvieron tiempo de soñar y, como dicen por ahí, no alcanzaron a conocer ni su propia cédula.

Claro que es ficción, aunque en realidad no lo es tanto, tal vez no estamos tan alejados de la realidad, cada día se hacen más frecuentes las noticias de asesinatos en Segovia, donde los protagonistas, tanto víctimas como victimarios, son jóvenes que apenas están explorando las bondades de la vida pero que desafortunadamente se encuentran primero con una realidad tan desastrosa como innegable, la violencia que sigue siendo la sombra que cubre un municipio con tantas riquezas inmateriales no encontradas en otros lugares de esta orbe.

Seguimos enterrando ministros, médicos, abogados, veterinarios, astronautas, pilotos fórmula 1, futbolistas profesionales y todos esos títulos que pudieran alcanzar los niños que hoy sueñan para su juventud y para su vida adulta.

¿Cuántas madres de familia y docentes, administradores y ambientalistas, cantantes y modelos más tenemos que enterrar para empezar a preocuparnos en serio por nuestros jóvenes?, tiene que llegar el día en que los líderes del municipio piensen en nuestros jóvenes en épocas distintas a las campañas electorales, así como es tarea de padres y maestros encaminar de manera correcta a nuestros hijos y alumnos hacia la realización de proyectos de vida alejados de la violencia y de la ilegalidad.

Suele escucharse en muchos escenarios que los niños son el futuro, que los jóvenes son los llamados a tomar las banderas de las luchas sociales y políticas para avanzar en la construcción de soluciones a las grandes problemáticas mundiales. Descargamos en ellos las responsabilidades a las que un día, cuando fuimos jóvenes, hicimos caso omiso porque “aún estamos a tiempo y ahora no va a llegar ninguna de esas hecatombes anunciadas”.

Habría que cuestionarnos acerca de cómo estamos encaminando a los jóvenes al relevo generacional que ya se hace necesario tanto en los espacios políticos como en los escenarios sociales, educativos, religiosos y demás, en todos los contextos que requieren de grandes decisiones que contribuyan, sin perjuicio de otros sectores, a que la ciudadanía juvenil se apersone del desarrollo local, del progreso nacional y en términos generales, del salvamiento global.

Es una cuestión de vida, la humanidad requiere hoy el surgimiento de fuerzas juveniles de resistencia hacia los embates de la misma humanidad, vivimos actualmente un proceso de autodestrucción incontrolable, tanto así que en un sinnúmero de aspectos ni siquiera alcanzamos a entender el nivel de daño que nos hacemos y eso se evidencia cada día en nuestro amado municipio.

El ministro inmolado lo reclama, el cardenal sacrificado lo exige, la diputada caída lo demanda y el rector sigue en espera de acciones concretas para proteger a los que vienen tras ellos, puede ser que hoy en las calles segovianas estén caminando los embajadores y los grandes empresarios de la nación, tal vez estén llenando los parques lo próximos científicos y escritores y, probablemente, alguna vez nos hayamos cruzado con un Presidente de la República, que, naciendo en esta bella tierra, tendría que llegar a ser, quizás, el mejor.

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