El territorio: campo y voz de las comunidades

  Por Laura Victoria López León /Humana Radio

¿Cuántas montañas nos rodean? ¿Cuántos ríos nos alimentan? El territorio colombiano está hecho de azahares y limoneros, de indígenas y cimarrones, de tejedoras y tamboreros, café y petróleo, dulce y sal, desierto y páramo; está hecho de insurgencias y ausencias, de raizales y buscadores. El territorio colombiano es en sí mismo un continente compuesto por orillas y profundidades, fronteras visibles e invisibles que muchos buscan proteger desde sus oficios  y la acción colectiva, en una carrera contra la explotación y exportación, ambas causantes de la violencia y la extinción.

Hoy esa Colombia profunda vuelve a sacudirse ante el regreso de una falsa seguridad democrática que es como una mano firme y negra que se extiende en forma de águila; colonizadores y asesinos enceguecidos por la ambición y el fanatismo, continúan replegándose por nuestros valles y montañas, sembrando miedo, dejando tristezas largas y duras.

Y el miedo puede paralizar, pero no puede ocultar lo que está sucediendo.

Hoy no debería haber niños en las montañas colombianas enterrando a sus padres, despidiendo a sus muertos; debería haber niños en los pastizales y campitos vociferando sus juegos, correteando tras un balón de trapo cuando no hay de cuero, izando torres de zapatos y piedras para improvisar arcos que con el tiempo se convertirán en impulsos y brújulas.

Gente que creció dándole a la pelota en los patios y veredas, teme hoy por su vida y la de los suyos en sus propios territorios; allá en el Pacífico, por el norte y por el sur, donde el mar es inmenso y la marimba pregona alabaos en los bosques espesos, donde nacieron la ‘Muralla’ Mina y el ‘Armador’ Cuadrado, criados entre el polvo de los caseríos, con abuelos barequeros y pescadores, desde pelaos con el arco pintado en la mente y que de tanto jugar con el barro de la tierra pegado a la planta de los pies, bailan en las arenas mundiales con meneos y gambetas para marcar goles a puro corazón, espigados y cadenciosos contra las redes.

Allá tienen sus raíces, en regiones donde defender la vida es arriesgarse a morir, es salir de casa y no saber si se vuelve, es no estar seguro ni en la sala viendo un cotejo tras la pantalla, es reclamar protección a entidades estatales donde lo que ha predominado es la ausencia del Estado. Allá en el litoral del Pacífico, el océano más antiguo de la Tierra.

Ese y todos los demás territorios, desde Punta Gallinas en La Guajira, hasta San Antonio en el Amazonas, pertenecen a las comunidades que en ellos viven, al igual que la historia, los saberes y los métodos que utilizan para convivir con los recursos que encuentran en la naturaleza. Por eso ¿quién más va a defender esos recursos si son precisamente los pueblos originarios, las gentes arraigadas que allí han levantado sus vidas y tradiciones, quienes mejor conocen sus territorios? Son ellas las que saben del río y su movimiento, son ellas quienes comprenden los ciclos de la tierra que les da la comida y el trabajo, son ellas quienes sólo necesitan del territorio para vivir.

Porque él es el hogar, es la fuente y el inicio, es la despensa y en muchos casos el único universo que se conoce. El territorio es el campo donde se vive y se juega para ganar juntos, en comunidad.

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