Iván Duque, el dilecto estudiante del presidente eterno

“Quienes pensaron que sería un mero títere del líder del Centro Democrático no se equivocaron. Sin embargo, eso no es lo peor”

Por: Daniel González Monery Abril 01, 2019

Es larga la historia de quienes han dedicado su vida —hasta el sacrificio— a imitar a su maestro. Esta forma de relación no ha sido exclusiva de las religiones, pues aparece en el ámbito de la política, la ciencia, las sectas ocultas, ciertas corrientes de pensamiento y hasta en el bajo mundo de las bandas ilegales y el crimen organizado.

El dilecto estudiante (Iván Duque) siente que todo se lo debe a su maestro (Álvaro Uribe): es su obra, su alter ego, su elegido para perpetuar el nefasto legado que cree haber fabricado gracias a una especie de llamado del más allá o de la historia. Por eso no suelen ser los maestros de escuela o los profesores universitarios, cuya razón les indica que la duda y la incertidumbre son la base para avanzar en el conocimiento, quienes procuran multiplicar clones que prolonguen sus propias obsesiones y delirios.

A los que me refiero son de otra naturaleza: no son los que enseñan en las aulas, sino los que se presentan como ejemplo y paradigma (Uribe), dueños de toda verdad y virtud, y, por tanto, se han ganado el derecho a gobernar a los humanos ignorantes, imponiendo sus creencias como dogma universal. Ellos no necesitan acudir a un recurso distinto que la reverente y convencida sumisión a sus pensamientos y caprichos, y seguirlos sin consideración ni réplica es la prueba máxima de filiación, éxito y perpetuación.

Suele suceder que los elegidos resultan más radicales que sus líderes, como el caso de nuestro tristemente célebre presidente Duque, buscando no solamente cumplir con el libreto doctrinario de la secta (de ahí viene sectario), sino tener iniciativas que superen lo esperado con el fin de conseguir el gesto de aprobación de quien ha hecho posible su saber, su ser, su hacer y, sobre todo, su poder. Cualquier desvío es una traición duramente castigada. Eso es lo que ha logrado el que sus fanáticos seguidores llaman como “presidente eterno”. Algunos de sus elegidos, por hacer más méritos, terminaron en la cárcel, enredados con paramilitares, envueltos en temas de corrupción, desfalco al Estado, como el famoso caso del exministro Andrés Felipe Arias, entre otros y para hablar solo de los que antes habían sido rectos.

Quienes pensaron que Duque sería un mero títere de Uribe no se equivocaron. Sin embargo, puede llegar a ser peor: quiere mostrar que es su mejor discípulo y para ello se esfuerza en conseguir el aplauso de quienes en algún momento insinuaron que era laxo con el legado ideológico que se le había encomendado perpetuar. Señales insólitas como incluir dedicatorias en un plan de desarrollo son una bicoca.

De más largo plazo es tratar de rehacer la historia y negar el conflicto que propios y extraños han documentado por décadas. Pero arengar al ejército de otro país para que se rebele, negarse a dialogar con los indígenas del Cauca, persistir en las objeciones a una ley ya revisada por la Corte Constitucional o retomar las fumigaciones es construir una agenda basada en la confrontación de un país que ya venía muy dividido, mientras los temas que unen no aparecen con la fuerza con que debieran.

El trabajo que viene haciendo el Ministerio de Educación es serio y esperanzador, como la nueva Misión de Sabios, pero no ocupa un lugar importante en la agenda presidencial. En cambio, el senador Uribe se escandaliza y capta la atención de los medios porque unos chicos abrazan una pancarta de apoyo a la JEP o a la minga indígena. En su opinión, la paz está siendo utilizada para “adoctrinar a los niños y jóvenes”. Es raro que un senador no entienda que defender la JEP, el Congreso o la Corte Suprema es defender la Constitución Política y que eso es obligación de la escuela y los maestros —incluso de los privados—.

Eso, y el cacareado proyecto de ley de censura a los maestros que hasta él censuró, comienza a hacer un mal ambiente entre los profesionales de la educación que atienden los colegios oficiales y tienen la responsabilidad de formar en la crítica a los profesionales del presente.

No es bueno un clima de confrontación para educar a las próximas generaciones. En las aulas se refleja lo que circula en el extenso ecosistema cultural del cual son parte fundamental los gobernantes, la Iglesia y los líderes sociales. Ojalá este gobierno en lo sucesivo entienda que es necesario dar un giro a las prioridades, sobre todo a la implementación y puesta en marcha de la paz y abrir todos los debates posibles sobre la salud, el bienestar, la ciencia, ya que de eso se trata una verdadera democracia… todo lo que en una visión de presente y futuro pueda unirnos y no dividirnos como ha venido ocurriendo en los últimos 17 años.

 

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